Cooperacion
La cooperación para el
desarrollo de la economía solidaria
Antonio COLOMER
VIADEL
En una Conferencia Internacional sobre el Desarrollo
del Tercer Mundo, que tuvo lugar en Argel en 1975, propuse la creación
de empresas autogestionarias o comunitarias de carácter internacional
para poder competir en el espacio mundial donde las grandes empresas
capitalistas lo habían planteado, y contrastar nuestros modelos en
cierto plan de igualdad de oportunidades.
Del mismo modo en otra obra mía “Autogestión Científico-Tecnológica y Desarrollo Integrado”, de 1980, planteé que los movimientos comunitarios no podían automarginarse del desarrollo científico tecnológico, sino utilizar estos instrumentos aunque, ciertamente, al servicio de otras finalidades y principios.
Es un gran error la actitud miserabilista, medicante y predigueña de algunos sectores sociales que no sólo los excluye del protagonismo social y económico, sino que tampoco les pemite recibir la ayuda “caritativa” demandada a los órganos del poder.
Sin lugar a dudas es necesario considerar el problema de la dimensión y el tamaño de las experiencias solidarias. De ser un ámbito entrañable, conocido, de hermandad, en donde los que nunca hablaron puedan hacerlo, y donde, a menudo, esta gratificante sensación de sentirse en una comunidad en la que es posible esa “acción comunicativa”, en donde tu opinión tiene un valor y configura en alguna medida, las decisiones del poder de la comunidad, puede ser más satisfactoria que un simple incremento salarial en una empresa en la que nuestro trabajo es manejado como una herramienta o instrumento cualquiera de producción o servicio.
Existen tres vías de crecimiento necesarias.
En primer lugar la empresa comunitaria aislada en medio de un entorno hostil, tiene muchas posibilidades de fracasar pese a su buena voluntad. Es necesario un espíritu de red, federativo, para alcanzar esa masa crítica de asociación de afines que les haga invulnerables y les permita resolver muchos problemas conjuntamente con una economía de escala.
En segundo lugar el desarrollo no puede ser de aspectos aislados: material o productivo, sino considerar al mismo tiempo las dimensiones culturales, ecológicas, educativas, psicológicas, sociales y de convivencia de la comunidad a desarrollar. Es lo que he llamado punto de masa crítica compleja. Estar juntos hasta en la fiesta.
Y por último la búsqueda de aliados en ese mar movido del orden económico internacional. Creo que hay una alianza natural, la que se puede establecer entre los grupos y empresas comunitarias y las organizaciones no gubernamentales de cooperación para el desarrollo (ONGD), asociaciones de voluntarios que se dedican a cooperar para favorecer el desarrollo de los países más pobres.
Esta alianza tiene que hacerse desde un respeto mutuo y sin malentendidos antropológicos. Hay que respetar las peculiaridades de cada cultura y fomentar su simbiosis fecunda y creativa.
La estrategia de afines debe ser generosa y pluralista. Se trata de aunar fuerzas que se encuentran en posición desventajosa.
De ahí la necesidad de alianzas entre sectores formales e informales, entre empresas familiares y cooperativas, entre explotaciones comunales de la tierra y organizaciones y asociaciones de poblaciones jovenes, entre científicos, intelectuales y expertos de razón y moral solidaria y organizaciones campesinas y sindicales.
Desde lo local hasta lo universal.
Estas fuerzas, estos pueblos deben construir un imprescindible proyecto integrador. Una doble estrategia, iberoamericana y planetaria, de renovada supervivencia.
A esta gran alianza fraternal de los pueblos, y los hombres y mujeres que sienten en sus entrañas el reclamo de la justicia, debemos incorporar los valores de la cooperación comunera, de la reciprocidad de donaciones, del compartir tantos quehaceres en común, preparativos renovadores ante el horizonte cósmico que se avecina.
La economía debe servir al hombre y a un hombre cabal y equilibrado, capaz de evitar el desbordamiento enfermizo y provocado de una miríada de necesidades artificiales, al servicio de la retroalimentación del sistema. Tales son los fines de esos hombres y mujeres, como ocurre en tantos lugares del Sur, que prefieren sentirse protagonistas de sus relaciones y actividades, compartir ilusiones y esperanzas con amigos y compañeros, vivir en ese “nicho ecológico” que es el suyo, sin que bajo pretexto de modernidad, se le aniquile. En donde el anciano es aún fuente de sabiduría y experiencia, depósito de tradición cultural y no estorbo a marginar.
En suma, en donde el bien ser es más importante que el bienestar. Mejor aún: sin bien ser sólo existe angustia, desazón, miseria psicológica, es decir, el más profundo malestar.
Esta estrategia de los fines, del bien ser en la amistad, la confianza mutua y la reciprocidad, se encuentra aún viva, en medio de todos los desastres y a pesar de todas las tentativas aniquiladoras, en el Sur. Y hay que preservarla.
Del mismo modo en otra obra mía “Autogestión Científico-Tecnológica y Desarrollo Integrado”, de 1980, planteé que los movimientos comunitarios no podían automarginarse del desarrollo científico tecnológico, sino utilizar estos instrumentos aunque, ciertamente, al servicio de otras finalidades y principios.
Es un gran error la actitud miserabilista, medicante y predigueña de algunos sectores sociales que no sólo los excluye del protagonismo social y económico, sino que tampoco les pemite recibir la ayuda “caritativa” demandada a los órganos del poder.
Sin lugar a dudas es necesario considerar el problema de la dimensión y el tamaño de las experiencias solidarias. De ser un ámbito entrañable, conocido, de hermandad, en donde los que nunca hablaron puedan hacerlo, y donde, a menudo, esta gratificante sensación de sentirse en una comunidad en la que es posible esa “acción comunicativa”, en donde tu opinión tiene un valor y configura en alguna medida, las decisiones del poder de la comunidad, puede ser más satisfactoria que un simple incremento salarial en una empresa en la que nuestro trabajo es manejado como una herramienta o instrumento cualquiera de producción o servicio.
Existen tres vías de crecimiento necesarias.
En primer lugar la empresa comunitaria aislada en medio de un entorno hostil, tiene muchas posibilidades de fracasar pese a su buena voluntad. Es necesario un espíritu de red, federativo, para alcanzar esa masa crítica de asociación de afines que les haga invulnerables y les permita resolver muchos problemas conjuntamente con una economía de escala.
En segundo lugar el desarrollo no puede ser de aspectos aislados: material o productivo, sino considerar al mismo tiempo las dimensiones culturales, ecológicas, educativas, psicológicas, sociales y de convivencia de la comunidad a desarrollar. Es lo que he llamado punto de masa crítica compleja. Estar juntos hasta en la fiesta.
Y por último la búsqueda de aliados en ese mar movido del orden económico internacional. Creo que hay una alianza natural, la que se puede establecer entre los grupos y empresas comunitarias y las organizaciones no gubernamentales de cooperación para el desarrollo (ONGD), asociaciones de voluntarios que se dedican a cooperar para favorecer el desarrollo de los países más pobres.
Esta alianza tiene que hacerse desde un respeto mutuo y sin malentendidos antropológicos. Hay que respetar las peculiaridades de cada cultura y fomentar su simbiosis fecunda y creativa.
La estrategia de afines debe ser generosa y pluralista. Se trata de aunar fuerzas que se encuentran en posición desventajosa.
De ahí la necesidad de alianzas entre sectores formales e informales, entre empresas familiares y cooperativas, entre explotaciones comunales de la tierra y organizaciones y asociaciones de poblaciones jovenes, entre científicos, intelectuales y expertos de razón y moral solidaria y organizaciones campesinas y sindicales.
Desde lo local hasta lo universal.
Estas fuerzas, estos pueblos deben construir un imprescindible proyecto integrador. Una doble estrategia, iberoamericana y planetaria, de renovada supervivencia.
A esta gran alianza fraternal de los pueblos, y los hombres y mujeres que sienten en sus entrañas el reclamo de la justicia, debemos incorporar los valores de la cooperación comunera, de la reciprocidad de donaciones, del compartir tantos quehaceres en común, preparativos renovadores ante el horizonte cósmico que se avecina.
La economía debe servir al hombre y a un hombre cabal y equilibrado, capaz de evitar el desbordamiento enfermizo y provocado de una miríada de necesidades artificiales, al servicio de la retroalimentación del sistema. Tales son los fines de esos hombres y mujeres, como ocurre en tantos lugares del Sur, que prefieren sentirse protagonistas de sus relaciones y actividades, compartir ilusiones y esperanzas con amigos y compañeros, vivir en ese “nicho ecológico” que es el suyo, sin que bajo pretexto de modernidad, se le aniquile. En donde el anciano es aún fuente de sabiduría y experiencia, depósito de tradición cultural y no estorbo a marginar.
En suma, en donde el bien ser es más importante que el bienestar. Mejor aún: sin bien ser sólo existe angustia, desazón, miseria psicológica, es decir, el más profundo malestar.
Esta estrategia de los fines, del bien ser en la amistad, la confianza mutua y la reciprocidad, se encuentra aún viva, en medio de todos los desastres y a pesar de todas las tentativas aniquiladoras, en el Sur. Y hay que preservarla.
Revista SNCE/1998 - Madrid, julio de
1998
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Antonio COLOMER VIADEL. Doctor en
Derecho, Profesor de Derecho Constitucional. Director del Instituto
Intercultural para la Autogestión y Acción Comunal (INAUCO),
Universidad Autónoma de Madrid-España.


